jueves, 16 de enero de 2014
Amor acuático
Es curioso. Mi sueño desde niña siempre ha sido tener un gato, algo que no es novedad por estos lugares. Uno naranja, pequeñito, al que ver crecer y poder llamarle Bilbo mientras se sube a mi cama a molestar. Con los ojos pequeñitos, si puede ser. Sin embargo, lejos de la realidad: la mascota de mi casa es un pez. La comida del gato, por así decirlo curiosamente.
Tampoco me hacía demasiada ilusión el tema de un pez. Al fin y al cabo ¿Qué hacen? O mejor dicho ¿Qué haces tú con ellos?. Además de darles de comer, se podría entender que nada. De hecho, la muerte de uno de estos pequeños seres por lo general ni preocupa ni crea un trauma. La mayoría de las veces emprenden su camino por el retrete hacia vete tú a saber. Sin embargo es totalmente diferente, y aunque daría la vida por poder tener un gato (aunque eso me supondría el irme de casa), estoy la mar de feliz con este pequeño animalito.
Tengo un Betta, un pez de agua dulce procedente de Tailandia que, sinceramente, es la cosa más bonita que puede haber en algo de semejante tamaño. Y aquí, aquí y aquí las pruebas. Y eso que esos son sólo un pequeño ejemplo de la amplia variedad de colores, tamaños y formas que pueden tener. El mío, de hecho, poco se parece a esos: es azul eléctrico oscuro. De hecho, cuando le compramos (poco más de 4 euros) tenía el borde de la preciosa aleta que tienen en color blanco. Pero le compramos pequeñito y ya ha crecido y claro, ha perdido el blanco.
Por lo general no son peces baratos. No son un Neón, estos tienen tantas variables que pueden llegar a costar 40 euros. De hecho, mi pequeño Benni (así se llama el pezqueñín), no es el primero que está en casa, y ya estuvo con nosotros Dwyer, pero por desgracia el peque ya era mayor y se puso enfermo y bueno, eso. Aún así, y pese al amor que siento por estos canijos, no venía a hablar de los Betta, sino del amor hacia un pez.
No te da la patita como un perro, ni te ronronea como un gato. Por así decirlo, no te hace nada, al menos no directamente. Sin embargo, transmite algo que no transmite ningún otro animal del mundo: paz. Soy una chica muy aburrida. Es así. Ni salgo de casa, ni me divierto, ni hago nada emocionante en mi vida. Y aún así, estoy en estado de estrés las 24 horas del día. Cuando mi padre me dijo allá por agosto que había decidido comprar un pez pensé que estaba loco. Para empezar yo no estaba ni en Madrid, por lo que pensé que me tomaba el pelo, pero fue volver e ir a comprarlo atónita. Sí, iba en serio y fuimos a una tienda de animales de Madrid (muy recomendable, llamada Pezycía) en la que, justo al lado del mostrador, tenían más de 20 jarritas con un Betta -no pueden estar juntos, se matarían entre ellos- en cada una. Cada cual más maravilloso. Pero como se suele decir, nuestro gozo en un pozo, ya que tener un pez no es tan sencillo.
Creo que el hecho de que la sociedad no sienta amor hacia estos seres se debe a que no saben cómo cuidarlos. Si bien cuando tienes un perro o gato compras mil cosas para poder cuidarle, al comprar un pez, compras el recipiente, metes agua del grifo y, a continuación al pequeño. Sin más. Como mucho, alguna planta decorativa de plástico o incluso algún Bob Esponja. Algo que, sinceramente, es una auténtica barbaridad. En la tienda nos enseñaron a que hay que aclimatar o ciclar el acuario. Tuvimos que, en la pecera de 30 litros, meter las plantas (de verdad, no de plástico) y la tierra natural, sin tintes, junto al filtro correspondiente. A continuación, tuvimos que adecuar el pH y las bacterias necesarias para la vida de un pez. En total, casi cerca de un mes con una pecera sin peces, pero con plantas, agua y rituales de bacterias y pH para poder darle más vida posteriormente.
Es un proceso largo, pesado y aburrido que termina dándote vida. Esos momentos cada fin de semana de hacer los correspondientes test de bacteria y pH en el que la muestra no daba el color correcto eran interminables. "Cuándo se pondrá en verde y en amarillo", le preguntaba a mi padre, sobre los colores que necesitaban ambas muestras para poder meter un pez. Pero nada, un mes o más esperando.
Eso no quiere decir que no puedas tener un pez sin haber esperado un mes antes, claro que se puede, pero la posibilidad de que este viva bien y sin complicaciones es bastante escasa. Porque que no pueda hablar, no significa que el pez esté alegre, dando vueltas entre cuatro paredes de cristal sin una planta si quiera. Por eso hay que adecuar su vida. Sí, entre cuatro paredes seguirá estando, pero estará como en casa, y sin el peligro de ser devorado por otros peces, incluidos los de su propia especie.
En fin. Que el pequeño Dwyer llegó a casa después de muchas dudas sobre cuál comprar en la tienda. Él y cinco Cardenales, el que viene a ser el pez típico. Como detalle, Dwyer es macho (todos los Bettas así de bonitos son machos, las hembras son más simplonas) y no puede compartir pecera con un pez que pueda ser más bonito que él, pues se cabrea y se los zampa. Por tanto, llegó septiembre y en casa dejamos de ser tres para ser nueve. Y la verdad es que ha sido apasionante, desde que éramos nueve hasta que luego fuimos ocho, de nuevo nueve, luego ocho y después siete. Dwyer nos dejó, y así lo hicieron Big (uno de los cardenales, el cual murió por ataque de Benni después de que este llegase al acuario) y Penny, hace tres días, por causas desconocidas.
Es un mundo apasionante. Sinceramente. El poder pasar por delante de una creación que al fin y al cabo es tuya, ese acuario al que tú le has dado la vida que has querido y en el que has decidido crear un medio particular. Y ahí están los pequeños nadadores. No sé si es por mi pasión por el agua pero lo que me transmiten estos peces no lo haría un perro ni aunque quisiese. Sí, no le puedo tocar, ni sacar a pasear, ni me muestra amor. Pero me da la paz que necesito. Le miro, al grande y a los pequeños, y se pasan las horas. Verles persiguiéndose, o escondiéndose, o incluso durmiendo (¡es increíble cómo duerme un pez!). Cosas tan simples como que lleguen las 18.30 de la tarde y que, cuando pases por delante de la pecera, los cardenales vayan a una esquina y el Betta a otra, porque saben que les vas a dar de comer. Cosas como esa, dan la vida. Y luego dicen que no tienen memoria...
Es por eso que me gusta cuidarles tanto, limpiarles la pecera de caracoles invasores, asegurarme de que no tienen mal aspecto. Tal vez por ello la muerte de Dwyer la sufrí tanto. Apenas llevaba un mes con nosotros, y aun así verle enfermar y sufrir fue algo muy duro. Ver que ni los medicamentos ni el aislamiento en pecera aparte hacían resultado fue algo que me costó asimilar. El llegar una tarde y que mi padre me dijese que se había muerto. Un pez. Quién me lo iba a decir.
Le echo de menos, la verdad. Tenía unos colores preciosos y un brillo que se veía desde el final del salón.
Pero Benni llegó a casa y la verdad es que ha sido apasionante verle crecer. Lo pequeñito que llegó y lo grande que está, y el poder que tiene sobre los demás peces. Verle nadar entre las plantas, y ponerse delante del filtro para que el chorro de agua le haga cosquillas y le lance lejos. Apasiona. Aunque no le puedas tocar.
No quiere decir que no siga queriendo un gato, para nada. Pero lo que significan estos animales para mí es algo que nunca me imaginé que entendería. Y aquí estoy. En la cama después de haber ido a comprar cuatro peques Nariz de Borracho los cuales ya nadan alegres por su nueva casa. Llena de paz y tranquilidad después de haberles visto nadando como pez en el agua.
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